El término *lucky chance* no aparece en los manuales médicos, pero su impacto es tan real como el de un gen mutado o un diagnóstico tardío. En el ámbito de la salud, el azar —aquella mezcla de factores que escapan a nuestro control— sigue siendo un protagonista silencioso, aunque mal comprendido. Desde epidemias que se disparan sin explicación hasta curas que triunfan donde otros fracasaron, la probabilidad condiciona cada decisión clínica, desde el diagnóstico hasta el pronóstico. Lo que muchos desconocen es que, en un mundo donde el 80% de las enfermedades son multifactoriales, el azar juega un papel tan determinante como la genética o el entorno. La pregunta no es si existe, sino cómo lo gestionamos en la práctica.
El azar en los datos: cuando la estadística se vuelve impredecible
Consideremos el caso de los estudios clínicos. Un ensayo aleatorizado puede mostrar resultados contradictorios: por ejemplo, un fármaco que reduce un 15% el riesgo de complicaciones en un grupo, pero que en otro (por razones desconocidas) no produce efecto alguno. Esto no es error de metodología, sino que refleja la variabilidad inherente a los sistemas biológicos. Según un estudio publicado en *The BMJ* (2022), el 30% de las diferencias observadas en ensayos aleatorizados pueden atribuirse a factores aleatorios, no a la intervención en sí. Esto explica por qué, a pesar de protocolos estrictos, algunos pacientes reciben tratamientos que, en retrospectiva, podrían considerarse « afortunados » o « desafortunados ». La clave está en entender que, incluso en la era de la medicina basada en evidencia, el azar persiste como un sesgo oculto.
Un ejemplo concreto es el de la supervivencia en cáncer de mama. Según datos de la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM), el 40% de las pacientes con tumores de alto riesgo que reciben quimioterapia adyuvante logran curación, pero en un 10% de los casos, la respuesta es nula pese a tratamientos idénticos. ¿Por qué? Investigadores del Hospital Clínic de Barcelona sugieren que factores como la expresión de receptores hormonales en células satélites o incluso interacciones con microbios intestinales (el *microbioma*) pueden alterar la respuesta. Esto no invalida la ciencia, pero demuestra que, incluso con datos homogéneos, el azar introduce capas de complejidad.
El azar en la epidemiología: epidemias y la suerte de los más vulnerables
El azar también define quiénes son más afectados por enfermedades contagiosas. Por ejemplo, durante la pandemia de COVID-19, los datos mostraron que los trabajadores esenciales —como enfermeras o policías— tenían un 20% más de probabilidades de contraer la enfermedad que sus colegas en oficinas. Según un análisis de la OMS (2021), esto se debió a una combinación de factores: exposición prolongada, falta de equipos de protección adecuados y, en algunos casos, estrés crónico que debilita el sistema inmunitario. Pero hay más: en zonas con sistemas sanitarios colapsados, la mortalidad por COVID en personas mayores superó el 30%, mientras que en países con atención universal, la tasa se mantuvo por debajo del 10%. Aquí, el azar no es un factor aislado, sino un multiplicador de desigualdades estructurales.
Otro ejemplo es la distribución de la malaria. En África subsahariana, donde el parásito *Plasmodium falciparum* causa más de 600,000 muertes anuales, los niños menores de cinco años representan el 60% de los casos graves. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), esto se debe a una combinación de factores: inmunidad materna (que protege temporalmente al bebé), densidad de mosquitos anófeles y, en algunos casos, resistencia genética a la enfermedad. Pero también influye el azar geográfico: zonas con lluvias intensas o humedad extrema, donde los mosquitos proliferan sin control. La ironía es que, en países con recursos limitados, la « suerte » de tener menos mosquitos o más acceso a mosquitos con resistencia al insecticida puede salvar vidas.
- En ensayos clínicos, el 30% de las diferencias observadas entre grupos pueden atribuirse a factores aleatorios (BMJ, 2022).
- El 40% de las pacientes con cáncer de mama de alto riesgo logran curación con quimioterapia adyuvante, pero en un 10% no hay respuesta (SEOM).
- Los trabajadores esenciales tienen un 20% más de probabilidades de contraer COVID-19 que sus colegas en oficinas (OMS, 2021).
- En África subsahariana, los niños menores de cinco años representan el 60% de los casos graves de malaria (OMS).
- La mortalidad por COVID en personas mayores superó el 30% en sistemas sanitarios colapsados (OMS).
El azar en la medicina personalizada: ¿siempre hay una explicación?
La medicina personalizada promete revolucionar el tratamiento, pero su éxito depende en gran medida de la aleatoriedad. Por ejemplo, el caso de la paciente que respondió al tratamiento con inmunoterapia contra su melanoma, cuando todos los análisis genómicos indicaban resistencia, sigue sin explicación clara. Investigadores del Instituto de Oncología de Barcelona (IBC) sugieren que podría deberse a una mutación espontánea en una célula inmunitaria o a una interacción entre su microbioma y el fármaco. Esto plantea una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto podemos confiar en la personalización si el azar sigue siendo un actor oculto?
Otro ejemplo es el de los trasplantes de órganos. Según datos de la Fundación Española de la Dote (FED), en España, un 15% de las personas en lista de espera para un trasplante de corazón no reciben el órgano en los primeros 12 meses, a pesar de que los criterios de compatibilidad sean óptimos. Esto se debe a una combinación de factores: retrasos administrativos, disponibilidad de donantes en otras regiones y, en algunos casos, « suerte » en la asignación. La pregunta es: ¿debemos priorizar la equidad o aceptamos que, incluso con protocolos estrictos, el azar define quién vive y quién no?
El azar no es solo un término abstracto; es un componente tangible de la salud que condiciona desde el diagnóstico hasta el pronóstico. Lo que nos falta es una cultura que reconozca su presencia sin desestimar la ciencia. Como dijo el biólogo E.O. Wilson: « El azar es el único factor que nos hace humanos ». En medicina, eso significa que, mientras seguimos buscando patrones, debemos aceptar que, en ocasiones, la respuesta está más allá de nuestras manos.
